Florecimiento
El artículo de hoy es muy especial, acabo de darme cuenta que lo escribí en Diciembre de 2025 y nunca (no sé porqué) lo subí. Implica más de mi resignificación interna y, aunque este acto sea totalmente egoísta, siento que colaboro un poco con la humanidad desde la mía propia.
Incluso siento que puedo llegar hasta las almas más dispersas en el mundo, personas que ni siquiera me conozcan y que hoy sean capaces de sentir su propio florecimiento, que aparezca como un viento que refresque sus pensamientos y aclare el panorama de la vida.
Igualmente, para no olvidar el motivo por el cual hacemos las cosas, recuerdo que la mente retorcida meterá oposición y no querrá seguir leyendo si del otro lado se está viendo a sí misma reflejada.
Pero si algo en tu cuerpo te está diciendo que continúes leyendo, te ruego con el alma que te hagas caso.
El tema de hoy va sobre la feminidad reprimida y la sensación de no sentirse digna de mostrar la propia sutileza en este mundo, escondiéndola detrás de un temperamento masculino.
Y sí, hoy hablo de mujeres.
Pero hombres: los animo a continuar conmigo, porque todos comparten alguna parte de su vida con un ser de este otro género.
Volviendo al concepto: me dolía todo el costado izquierdo. Hacía tiempo una contractura no me estaba dejando en paz. Era un dolor constante, una carga que pesaba sobre el hombro izquierdo.
Leyendo sobre varios conceptos descubrí que muchos afirman que el cuerpo tiene dos polaridades: una masculina y otra femenina. Ambas se asemejan a los hemisferios del cerebro, que también comparten esa sintonía: uno creativo, emocional e intuitivo; el otro racional, lógico y crítico.
Todo este tema, aunque es mucho más amplio, me hizo un enorme sentido.
Entendiendo que todo tiene que ver con creencias, creí en esa idea y observé que, como siempre, yo me manejaba desde un hacer constituido en mi mundo externo.
Mi femenino estaba bastante perdido de hacerse presente.
Empecé a sentir la necesidad de manifestar esa parte que solo “es”, y empezar a moverme desde ese lugar. La verdad, me costó mucho y me dolió bastante, porque literalmente sentía que estaba entrando en un campo desconocido. Y si manejaba mi vida desde esa mirada, me sentía débil y en peligro.
¿De dónde habrá venido esta creencia? No tenía idea.
Hasta que, de tanto reflexionar, de tanto dolerme el cuerpo, de tanta inquietud, decidí meditar. Cerré los ojos y acepté que esta situación me estaba siendo muy difícil: no podía aflojar mi feminidad en el mundo, me sentía insegura incluso si quería hablar amorosamente o en voz bajita.
Ese silencio meditativo y la respiración me conectaron con una imagen.
Pensé en mi mamá fallecida y apareció una foto de ella a los cinco o seis años: vestido largo inflado, una canastita, pelo cortito, su carita redonda y colorada, su mirada seria.
La miré y pensé en ella, recordando el abuso que vivió de chica y nunca pudo manejar; aquello de lo que nunca se habló, más que en murmullos. Ese secreto escondido en el baúl de la indecencia familiar, como si el cuerpo no supiera que le están saboteando la vida.
Me conecté con ella y sentí su dolor, su culpa y el pensamiento inconsciente que esa niña había tejido:
esto me pasó por ser mujer.
Con esa sentencia vivió hasta el final.
Quién sabe qué culpas o pensamientos retorcidos albergó en su mente, generando defensas poco prudentes para vivir su máximo potencial.
Ella hizo lo que pudo con lo que tenía.
Y ahí estaba yo, con todo mi trabajo consciente, poniéndome enfrente para verla.
¿Cómo? Abrazándola.
Diciéndole que nada de eso había sido su culpa. Que estas cosas pasan cuando los adultos no pueden con su propia historia, y al no resignificar ni transformar, hieren a otros.
Que esto no es culpa de nadie en particular, sino efecto del libre albedrío humano.
Y que, lamentablemente, a veces nos toca. Pero culpable ella no era de nada. Mucho menos por ser mujer.
En ese momento la abracé y sentí su alivio.
La consolé como a un niño al que nunca le dieron un lugar para sentirse mal o expresar lo que le pasa, obligándolo a callar la herida con un “esto no es nada”.
La validé. La escuché. La miré.
Nadie sabe el agujero negro que la falta de reconocimiento del dolor le hace al cuerpo.
Solo reconocí su dolor y lo compartí con ella, viéndola.
Le dije: “Ahora te veo”.
En ese momento, en la meditación, visualicé un destello de luz que salía de su cuerpo y saltaba hacia las mujeres del clan. Vi florecer flores amarillas en los ovarios de todas ellas, y en los míos.
Estábamos todas floreciendo.
Poniendo orden en este linaje que alguna vez se desordenó.
Un linaje de mujeres que escondieron su feminidad para no ser lastimadas.
Yo no sé si esto es verdad según otros.
Pero para mí, pasó.
Y este trabajo interno lo hice sentada, con la mirada puesta en mi cuerpo y en las ganas de sanarlo por completo.
Solo me pregunté cosas… y la magia empezó a ocurrir.
Y eso, como muchos otros ejemplos, puede vivirse en la intimidad de los pensamientos, sabiendo que somos capaces de transformarnos si estamos dispuestos.
Ese acto de autocompasión al aceptar que algo nos está costando, nos abre la puerta para que —como a mí— aparezcan resultados desde lugares inesperados.
En mi caso, miren desde dónde vino: tuve que observar a mi mamá y su falta de expresión femenina para entender un poco qué pasaba conmigo.
A veces es así, y otras veces de otro modo.
El caso es que nuestra historia familiar y nuestros linajes forman un sistema.
Si ese sistema está bloqueado, no fluye bien.
El secreto es poner amor en cada parte que se desordenó, y ordenarla desde la adultez con más amor.
Si no podemos solos, buscamos guías que cooperen.
Hay muchos seres que ponen al servicio un poco de su intuición para que otros se encuentren.
La autocompasión es uno de los puntos fundamentales para elevar la autoestima.
Les deseo mucha práctica de autocompasión para abrazar los dolores… y florecer desde ellos.
Para terminar ese día tan magíco que pasó todo esto, en mi diario escribí lo siguiente:
Para terminar este día mágico acabo de descubrir que ya no necesito ir atrás a buscar información para sanarla.
Ya no me hace falta.
Puedo soñar, imaginar escenarios, permitirme pensar qué me gustaría vivenciar…
Como le dije el otro día a una amiga mía, cuando nos juntamos a almorzar, mientras me hablaba de que le gustaria tener un novio:
“¿Y a vos? ¿Cómo te gustaría ser con tu nuevo novio?”
Eso me pareció fantástico, porque abre una puerta de investigación completamente novedosa:
pensar, imaginar y sentir las emociones que nos gustaría experimentar en compañia de alguien más.
En fin, volviendo al punto del tema, siento que ya no hace falta ir a buscar nada a la historia familiar. Desde acá ahora todo es desde lo que quiero experimentar como la vasija vacia que soy para llenarla de eso y ya.
Soy feliz. Y hoy quiero compartirtelo.
Querida alma inquieta, que andás buscando la forma de sanar, resignificar y encontrar vivir como sentis de alguna manera que es posible, quizás que hayas llegado a este blog, no sea para nada una casualidad. Ya te digo, lo escribí hace 6 meses literamente, tampoco creo que sea casual que yo hoy mismo, lo este subiendo a internet.
Te mando un calido abrazo. Nos vemos en la gestión de este gran ser humano, podés encontrarme acá https://www.instagram.com/lauradagostinook/ para estar más conectadas.
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