Fragmentos de mi proceso interior compartidos como medicina para el alma.
✦ 15 de noviembre de 2023
Fragmento de mi diario íntimo puesto al servicio
Un pedacito de mi proceso compartido para quien lo necesite.
Mientras cortaba tarjetas de crédito viejas me hice consciente de todo lo que había aprendido en el último tiempo.
De hecho, decir en voz alta esa frase mientras hacía el acto fue, para mi sorpresa, algo que no tardó en emocionarme.
Me encontraba con las tijeras en la mano y dije:
“Corto y finalizo todas mis deudas. Agradezco la capacidad suficiente que tengo ahora para gestionar todo el dinero que ingresa a mi vida y a la de mi familia”.
Y no era para menos. Gestionar el dinero fue uno de los aprendizajes más difíciles que tuve que afrontar. Siempre tuve muy poca habilidad para manejarme en este mundo. Sinceramente, era un desastre.
Y no me ofendo ni me avergüenzo. Nunca supe hacerlo de otra manera. Aprendí de quienes estaban cerca, y eso mismo habitué para mí.
Parece ayer cuando decidí, por quinta vez, no caer en ninguna deuda más… y, por sexta, volví a hacerlo.
Sacaba préstamos para pagar otros préstamos, compraba a cuenta todo lo que pasaba por delante.
Y ni hablar de esa necesidad constante de tener que generar dinero solo para poder pagarlo.
Nunca me costó que llegara, por eso nunca me costó que se fuera. Se iba más rápido de lo que pensaba.
La gota que rebalsó el vaso fue cuando saqué un préstamo sabiendo que no lo iba a pagar. Así, como suena. Como un acto de inconsciencia pura. No pagué ni la primera cuota.
Lo saqué creyendo que esa vez lo invertiría, que esa vez haría más dinero con el mismo dinero y que así podría devolver todo junto.
Para mi grata sorpresa —y aprendizaje constante—, me fue peor. Nada de lo que intentaba salía.
Estaba mirando en el lugar equivocado, tratando de “sacarme la grande” sin información, desde la desesperación.
Y mis acreedores no eran solo bancos o entidades financieras. También eran emocionales. Quería pagar las deudas morales de haber llevado a otros, desde mi influencia o conocimiento, a lugares para invertir que después no salieron bien.
Eran muchas mochilas. Y yo sentía que solo volviéndome millonaria podría cumplir con todo.
El cuerpo me frenó. El estrés se instaló. Y la impotencia de no poder ayudar en casa, mientras mis deudas morales y económicas me quitaban el sueño, me fue desarmando.
Tenía una reputación, una etica, un personaje que cuidar. Y necesitaba cumplir con todo.
Lloré. Me enojé con personas que no tenían la culpa. Seguí tratando de empujarme para hacer de esa plata y nada funcionaba.
La desesperación se podía leer en mis pasos.
Hasta que un día paré.
Entre tanto aprendizaje, y con ayuda de una que otra constelación familiar, entendí que había estado parada toda mi vida en un lugar muy masculino: haciendo, proveyendo, sosteniendo. tan masculino que incluso competía con mi pareja para ver quién “salvaba” a la familia.
Y no creo que sea casualidad, pero en esto de andar tratando de buscar el equilibrio y volver un poco de manera intuitiva a mi escencia, hacía un tiempo que venía invocando mi lado femenino desde la práctica del yoga.
No es joda: somos energía. Y todos tenemos dos polaridades.
El problema es cuando una domina a la otra: nada fluye.
Eso me pasaba a mí.
Estaba compitiendo espiritualmente, tratando de ser la heroína, la que jubila al otro, la que paga todo, la que salva a todos.
Hasta que entendí que había que equilibrar.
De a poco, fui ordenando. Porque para ver claro hay que hacer eso.
Empecé a aplicar todo lo que hoy comparto en mi blog.
Puse en acción mi energía femenina, siendo, creciendo espiritualmente, entendiendo que podía aportar mucho desde mi energía bien dirigida, aunque no fuera económico.
Fui pagando deudas, organizando muy de a poco, entendiendo que tampoco tenía sentido desangrarme para pagar todo ya.
Me arrepentí, de verdad. la consciencia estaba evolucionada ya. así que para esta altura tenia que entender que la expiación es real.
El dinero, al final, era solo eso: dinero.
Y sabía que se iba a resolver.
También aprendí que muchas veces quería “devolver” dinero a personas no por justicia, sino por culpa.
Por miedo a sufrir egoicamente.
Hasta que entendí que no tenía que cumplir con las expectativas de ese ego. Que lo que ya se había aprendido, se había aprendido y ya.
Nunca más recomendé a nadie algo vinculado al dinero.
Porque es muy fina la línea que separa lo económico de lo emocional.
Yo sabía quién era yo. Sabía qué valores comandaban el timón de mi ser. los empecé a recordar constantemente. Y con eso bastaba.
También entendí que una ama de casa está muy bien paga cuando recibe lo que merece y tiene al lado a alguien con quien puede contar.
Y que el compañerismo, en pareja, no es siempre 50 y 50.
Es conversación constante, movimiento, porque la energía no es la misma a cada rato.
Sigo aprendiendo a ser ser humano.
Sigo administrando en lo pequeño.
Anoto cada gasto. No uso mis tarjetas aunque tengan límite y tener ese control para mi es magíco.
Aprendí a tener paciencia, a soltar las gratificaciones inmediatas y a confiar en los tiempos de Dios. De hecho aprendí a no necesitar nada de afuera.
A diferencia de todas las veces que pensé en esto que voy a decir y me daba mucho susto, hoy puedo decir que me siento capaz de manejar todo el dinero del mundo, porque ya aprendí a gestionarme a mí misma.
Y eso me hace sentir verdaderamente abundante.
Reflexión puesta al servicio:
A veces, cortar una tarjeta es mucho más que un acto práctico. Es cerrar un ciclo de carencia.
Es reconciliarte con la energía del dinero, pero sobre todo, con vos.
Nos vemos pronto, en otro artículo de este blog
Suscribite si algo de esto te hizo sentido —animo siempre a tener diálogos internos productivos.
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