– Día 8524756575245 mi cuerpo no para de moverse en automático.

Entro a este 2026 con una conciencia nueva. No iluminada, no resuelta. Nueva.
Una conciencia que intenta estar presente mientras la vida sucede, aunque muchas veces llegue tarde, cuando el cuerpo ya actuó.

Hace unos días, mis perras se pelearon. No era la primera vez. Ya pasó antes. Sé que tengo que observar qué detona a quién, entender la dinámica, ordenar el sistema. Eso lo voy a hacer. Pero esta vez algo fue distinto: no me quedé solo en el hecho. Me quedé en mí.

Cuando ellas se atacan, yo me meto.
Siempre.

Aunque ya me mordieron dos veces.
Aunque sé que es peligroso.
Aunque mi hijo me dijo con claridad: “Mamá, llamame. No te metas”.

Mi cuerpo no escucha.
Mi cuerpo va.

Y hay algo profundamente inconsciente en eso. No es valentía. No es torpeza. No es amor romántico. Es un movimiento automático: poner el cuerpo en el medio del conflicto, absorber, frenar, terminar la pelea aunque el precio sea alto.

Incluso esta vez, sentí algo absurdo y revelador: como si hubiese metido la mano en la boca a propósito. No porque quiera que me muerdan, sino porque hay una parte mía que todavía cree que así se resuelven las cosas. Con el cuerpo. Con sacrificio. Con aguante.

Cuando pasa, me invade una pesadez rara. Pierdo fuerza. Me quedo sin palabra. No pido ayuda. Me meto donde no es seguro. Y después, recién después, llega la conciencia.

Charlando con mi propia conciencia —esa voz interna que hoy puedo escuchar sin pelearme— entendí algo simple y enorme a la vez:
esto no tiene que ver con perros.
Tiene que ver conmigo.

Con un patrón viejo. Antiguo. Leal.
Ese que dice: “si hay conflicto, yo intervengo”.
“Si hay desborde, yo sostengo”.
“Si nadie puede, yo puedo”.
Aunque me lastime.

Mi cuerpo aprendió eso mucho antes de que yo pudiera pensarlo. Y los cuerpos no olvidan. Actúan.

Los animales no simbolizan, no racionalizan, no disfrazan. Representan campos emocionales. Y cuando ellas se atacan, se activa un campo que conozco bien: tensión, falta de orden, energía sin conducción clara. Y yo entro en mi rol aprendido.

Pero este 2026 me encuentra distinta. No porque ya no lo haga, sino porque ahora lo veo.
Y ver cambia todo.

La nueva conciencia no me pide intervenir mejor.
Me pide algo más difícil: no intervenir desde el sacrificio.

Y eso duele. Porque correrse a veces se siente como abandono. Pero no lo es. Es límite. Es cuidado. Es una reeducación profunda del cuerpo que recién empieza.

Hoy puedo decirme algo que antes no podía escuchar:
mi cuerpo no está para ser puente de la violencia.
mi cuerpo está para ser habitado.

Pedir ayuda no es ausencia.
No meterse no es desamor.
Cuidarme no es egoísmo.

Todavía no me sale siempre.
A veces el cuerpo va antes que la palabra.
Pero ahora, cuando todo pasa, puedo quedarme conmigo y decirme:

“No me meto donde mi cuerpo no es seguro.
Pedir ayuda también es presencia.”

Este texto no es una conclusión.
Es un registro.
Un diario íntimo que dejo acá, puesto al servicio, por si alguien más necesita leer que eso que le pasa. No es una falla. Es la historia pidiendo ser mirada.

Y cuando se la mira, de verdad, algo ya empieza a cambiar.

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gracias por leer. Abrazo grande. Lau.