Estoy contenta.
Hoy, aunque el malestar estuvo golpeando la puerta, siento que sané una cosa.
Mi relación con el dinero.
Siento que por fin puedo darle una connotación positiva.
Era loco, pero este anclaje de escasez lo tenía grabado en el cuerpo.
Más precisamente, se manifestaba en la garganta cada vez que tenía que hacer un pago.
Se me venía a la mente la idea de que estaba perdiendo algo, y me agarraba una especie de ahogo, como si me estuviera asfixiando.
Para mí, hoy fue el día de la graduación con este tema.
Me tuvo revolcándome emocionalmente todo el día.
Fue difícil descubrir de dónde venía todo, pero al ponerle palabras, sentí que se me sanó.
Todo empezó esta mañana.
Tenía que ir a cambiar un regalo del Día de la Madre por otra cosa que quería comprarme.
Ese negocio tiene todo lo que mi ama de casa desea, así que le pedí a mi hijo que me acompañara para decidir con más firmeza, pero tuve que poner un poco más de plata para agregar por el cambio.
Mi marido se había ido de viaje y me dejó plata para usar en la semana, y este desafío me sobrepasó.
Cuando empecé a ver la cuenta con la plata yéndose a menos, me desesperé.
No me había dado cuenta de que esto me afectaba tanto, pero así era.
Ese ardor en la garganta, ese malestar y ese pensamiento de “estoy perdiendo plata”.
Un hábito conocido para mí.
Toda la vida había sido igual.
Nunca me había puesto a pensar que, en realidad, estaba invirtiendo en mí, en mi bienestar.
Yo lo ponía en la bolsa general que decía: “si se gasta, no se gana nada”.
Esto me pasó muchas veces, y ya lo venía observando con lupa.
Pero hoy me harté.
No me enojé como otras veces, solo decidí que no quería que esto me coma viva.
Respiré y traté de disociarme un poco del impulso.
Mientras respiraba y trataba de gestionar, apareció mi amiga Mariana en una red social, mandándome un video de yoga para liberar la tristeza acumulada.
Lo vi como una señal.
Ahora era el momento de hacer algo productivo con todo esto que me estaba jugando en contra.
Agarré el mat y me senté decidida a reparar este tema, de una vez por todas.
Mientras estiraba el pecho y abría la zona del plexo solar de cara al cielo, me vino a la mente una imagen: yo, a mis veinte años, caminando contra el viento con mi hijo en brazos.
Íbamos cuesta arriba, y el viento se volvía cada vez más fuerte.
En ese instante pensé en la frase que solían repetir algunos: “este nació de cola”.
Y pensé en mí.
En algún momento de la vida me creí que las cosas me costarían más que al resto.
Por familia, estructura o información heredada, tenía guardado el patrón de “a nosotros todo nos cuesta el doble”.
Fueron muchas imágenes que empezaron a aparecer, y en todas predominaba esa versión mía jovencita, luchando sin parar.
Mientras seguía respirando, inmersa en la práctica, se me ocurrió traer a esa Laurita a mis brazos.
La abracé fuerte, con la fuerza de quien repara algo roto, y le dije al oído, llorando de emoción:
“No sé en qué momento esto empezó, pero sí sé cuándo termina y es ahora mismo.”
Sentí la liberación recorrerme el cuerpo.
Percibí la sanación, por esta resignificación.
Al terminar, una paz inmensa me invadió por completo, y pensé que era momento de aprender de otra manera.
Entonces recordé la idea de mis ancestros, que durante generaciones aprendieron a vivir desde la escasez.
Habrán hecho lo que pudieron —por amor o por miedo—, pero muchos de esos datos fueron incorrectos.
Y me pregunté:
¿No habrá existido también en mi linaje alguien que haya vivido la abundancia desde el disfrute, desde la confianza?
Y aunque no lo supiera, lo sentí posible.
Mi cuerpo me lo dijo cuando resonó con esa idea.
Me abracé el pecho y observé, dentro de mí, como si una nueva conexión neuronal se abriera paso con un entendimiento distinto.
La abundancia siempre había estado acá.
Solo que yo había malinterpretado la información, distorsionándola con miedo.
Ahora era momento de retomarlo todo,
desde un lugar más productivo, más amoroso,
Y más lleno de Laura.
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